La república islámica recibió casi 7.000 españoles en 2016 (+50%) pero es incapaz de cubrir una demanda creciente. El oligopolio hotelero y la falta de guías que hablen castellano son un problema

Noviembre, 18 grados. Las mezquitas de Irán están vacías y las calles están despejadas de turistas, algo inaudito si tenemos en cuenta que ese país ha duplicado el número de visitantes en apenas dos años. Aún así, sigue siendo uno de los pocos destinos repletos de joyas arquitectónicas donde uno puede pasear a su aire sin darse codazos para sacar una foto. La masificación no existe, y el gobierno iraní quiere que siga siendo así.

Quizá por eso es tan difícil que autorice la construcción de nuevos hoteles, pese a la escasa y, a todas luces, insuficiente oferta turística de Irán. Las agencias de viajes a menudo tienen problemas para cubrir una demanda que no deja de crecer desde países como España, tanto por la falta de alojamientos como por la calidad de los mismos: muchos son demasiado antiguos o necesitan una reforma urgente. Apenas hay dos hoteles de cinco estrellas en el centro de Teherán y otros dos de esa misma categoría en la ciudad más turística (Isfahán), por poner un ejemplo. Un cuatro o cinco estrellas de Irán a menudo equivale a un tres estrellas de Europa.

Palacio de las mujeres (Isfahán).

Independientemente de su categoría, todos cuelgan el cartel de completo tanto en temporada alta como fuera de ella. La falta de competidores les permite poner precios excesivos que no bajan de los 250 euros en un cinco estrellas por noche y por persona. Esa es la tarifa media para las agencias, pero se duplica para los particulares. Las grandes cadenas internacionales (tipo Meliá o NH) aún no han levantado su imperio en ese mercado, si bien la embajada iraní deja claro que ya lo están explorando. En consecuencia, unos pocos hoteles se reparten el pastel y a menudo se aprovechan: saben de sobra que Irán es uno de los destinos más atractivos.

Prueba de ello es el repunte de turistas españoles en 2016: casi 7.000, el doble que hace dos años. La cifra global de visitantes ascendió a 7,5 millones (según la embajada), con alemanes, franceses, italianos, españoles y portugueses en cabeza si hablamos de Europa. No obstante, este país podría quintuplicar las visitas si sus gobernantes tuvieran más interés en facilitar y promover el turismo. No obstante, la embajada de Irán en España deja claro que el Gobierno planea construir 400 hoteles de 4 y 5 estrellas: aspira a recibir 20 millones de turistas extranjeros en 2025. "Desde la firma del acuerdo nuclear con las potencias mundiales (julio de 2015), el número de viajeros aquí se ha duplicado", explican fuentes de esa institución a El Confidencial.

Pese a todo, Irán es ya el décimo destino más demandado por los españoles en viajes de media distancia, según los registros de el turoperador TUI España. Va por delante de otros como Alemania o República Checa aunque por detrás del top 3: Islandia, Uzbekistán e Italia. Al bullicio de Teherán o la belleza de ciudades únicas como Isfahán o Yazd (consideradas patrimonio de la humanidad por la Unesco) se suman la riqueza cultural del país y la amabilidad de sus gentes, siempre dispuestas a acompañar al turista despistado con una sonrisa. 

Además, la inestabilidad de Oriente Medio, los conflictos armados o los atentados que de vez en cuando golpean Egipto han desplazado el turismo hacia países seguros como Irán, explican fuentes de TUI. La mayorista transportó a 22.000 personas (+70%) en rutas de media distancia en 2016. Plaza Mirchajma de Yazd.Plaza Mirchajma de Yazd.

El abaratamiento de los precios también influye, añaden desde Turkish Airlines. Un viaje organizado a través de una agencia de viajes (con vuelo, hoteles, desplazamiento entre ciudades y media pensión) puede costar entre 1.800 y 2.300 euros por cabeza. La aerolínea turca conecta Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao o Málaga con las ciudades iraníes de Teherán, Isfahán o Shiraz, cuenta con una cuota de mercado del 70% en ese segmento y ha visto cómo la demanda de vuelos a Irán se ha multiplicado por cinco en los últimos siete años.

Las 35 agencias de viajes españolas que ofertan rutas a Irán no solo se topan con la escasa oferta hotelera y la lentitud del Ministerio de Turismo iraní: pese a contar con infraestructuras aceptables y una buena flota de autobuses, a Irán le faltan guías castellanoparlantes. Y eso es un problema.

Bazar de Teherán

¿Es un destino seguro?

Los españoles empiezan a perder el miedo a Irán, un país flanqueado por Irak al oeste y por Afganistán o Pakistán al este (entre otros). Pero aún es habitual que la primera pregunta de muchos viajeros que acuden a las agencias en busca de información sea: "¿Es seguro?". A diferencia de sus vecinos, Irán ha sufrido pocos ataques terroristas y se puede considerar como un país estable, donde es posible caminar por las calles con tranquilidad (al igual que en otro de los destinos más populares: Uzbequistán).

Al contrario de lo que se cree, lo más peligroso es cruzar un paso de peatones. La carretera es el único sitio donde los iraníes no se lo ponen fácil al turista. Nada que ver con lo que podemos encontrar en los bazares, jardines, mausoleos, casas de té o en cualquier otro rincón: personas hospitalarias, sonrientes, educadas, curiosas, todavía poco acostumbradas a ver occidentales (a los que no dudan en pedir una foto o un selfie) y empeñadas en agradar al prójimo.

La mayoría del pueblo iraní tiene poco que ver con el sistema que le gobierna. La república islámica instaurada tras la revolución de 1979 supuso un retroceso de 50 años para la sociedad, aunque hoy está perdiendo apoyos. De hecho, nadie sabe qué pasará cuando muera Alí Jamenei (líder espiritual y sucesor del ayatolá Jomeini) porque por ahora no existe ningún otro referente religioso con carisma (ni respaldo popular) suficiente para dar continuidad al régimen. El vencedor en las últimas elecciones (2013) y actual presidente del Gobierno es Hasán Rouhaní, el candidato menos extremista y el mismo que prometió "más libertad" para la gente.

Los más descreídos son los jóvenes iraníes, muchos de los cuales envidian la vida que llevan sus colegas occidentales. Ansían un mundo sin censura en redes sociales como Facebook o Twitter ni encarcelamiento de periodistas críticos con el Gobierno, y muchos beben alcohol en la clandestinidad. Otros 'incluso' viven con su pareja antes de casarse pero lo ocultan en la medida de lo posible, pues aún está mal visto en la sociedad iraní. Los homosexuales ni se plantean salir del armario. Si algo tienen todos en común, es que ahora viajan, leen, exploran, se comunican con el exterior, cuestionan y debaten.

Las férreas restricciones también afectan a los turistas estadounidenses y a las personas con sello de Israel en el pasaporte: su entrada al país está vetada y lo seguirá estando mientras Donald Trump amenace con dinamitar el pacto nuclear de Irán. De la misma manera, aquellas personas que hayan visitado Irán deberán solicitar una entrevista con la embajada de EEUU para probar que están 'limpios' de terrorismo si quieren viajar a ese país en un futuro. Irán está en la lista negra desde el pasado 18 de octubre.

Cruzada contra el velo obligatorio

Eso sin contar con las mujeres reacias a llevar velo por obligación. Algunas de ellas incluso se manifiestan vestidas de blanco cada miércoles para que se suprima esta costumbre impuesta por el régimen. No obstante, la mente aperturista de muchos persas no es compatible con la ley islámica, por mucho que los poderes religiosos hayan relajado un poco el control sobre la vestimenta, tanto de las iraníes como de las turistas que visitan ese país.

El machismo es visible en las calles, los hoteles, los restaurantes o los aeropuertos, donde todas las mujeres se exponen a recibir un toque por parte de los guardianes de la revolución, fuerza paramilitar designada por los ayatolás, si no se cubren la cabeza con un pañuelo (aunque pueden enseñar el flequillo, algo impensable hace 10 años) y se tapan las caderas con blusones largos. El 'gobierno con pistola', como lo denominan algunos, sigue haciendo de las suyas para preservar la 'moral' y el 'decoro' en las calles.

La ley islámica incluso las obliga a sentarse detrás de los hombres en los autobuses de media distancia para no distraer al conductor y otorga la custodia de los hijos siempre al marido en caso de divorcio, a menos que las esposas lleguen a un acuerdo con sus futuros ex y renuncien a la dote. Pese a todo, son ellas las que llenan las universidades iraníes y van ganando derechos poco a poco, si bien queda mucho camino por recorrer.

Los tesoros escondidos de Persia

Los prejuicios de los extranjeros sobre Irán siguen estando muy presentes, hasta el punto de que algunos descartan pasar sus vacaciones allí por miedo o por desconocimiento. Están renunciando sin saberlo a un país con mucho que ofrecer, tanto por el profundo legado histórico persa como por sus joyas arquitectónicas. Un ejemplo es Isfahán, la segunda ciudad más poblada de Irán (con 2,1 millones de habitantes) y una de las más interesantes de Asia central (si no la más) por sus bellas madrasas del siglo XV, su casco histórico bien conservado y su inmensa plaza Lyabi-Hauz, construida en torno a un estanque en 1620. Pese a su atractivo, la oferta turística no sobrepasa los dos hoteles de 5 estrellas y cinco de 4.

Naqsh-e Rostam, la necrópolis.

Shiraz es la urbe más antigua, con referencias que datan del año 550 a. C. La capital de la región de Fars, conocida como 'la ciudad de las flores y los poetas', es famosa por sus vinos, jardines o alfombras y alberga una de las mezquitas más bellas de todo el país, Nasirolmolk, por la luz del sol que entra a través de sus vidrieras de colores. Atrás hemos dejado el impresionante yacimiento de Persépolis, patrimonio de la humanidad. Allí descansan los vestigios de la que fuera capital del Imperio aqueménida hasta su conquista por Alejandro Magno en el siglo IV a. C.

Tampoco se puede pasar cerca de Yazd sin dedicarle un día a su barrio de adobe y mosaico de porcelana azul, así como a su impresionante mezquita Jame. Es el lugar de referencia del zoroastrismo, una religión minoritaria cuyos fieles renunciaban a enterrar o incinerar a sus muertos. Los cadáveres se depositaban a la intemperie, en lo más alto del darkhneh (cementerio) y a merced de los buitres. Más tarde, los huesos eran arrojados a un pozo abierto y se cubrían con cal viva.

La región de Kermán, perdida entre montañas y paisajes desérticos donde se pueden alcanzar temperaturas de hasta 70 grados en verano, fue un centro clave en las rutas caravaneras de oriente. Hoy se ha convertido en zona de paso de narcotraficantes que traen droga desde Irak, un hecho que no ahuyenta a los turistas con rumbo al castillo de barro de Rayen y su espectacular fortaleza sasánida, reconstruida tras el terremoto de 2003. Kermán es la ciudad más grande de Irán, alberga apenas 640.000 habitantes y por ahora solo cuenta con un hotel de cinco estrellas, a diferencia de Mashhad: la 'ciudad santa', que concentra el 80% de la oferta hotelera del país y es uno de los lugares de peregrinación más concurridos por su trascendencia desde el punto de vista religioso. Muchos iraníes pasan sus vacaciones allí.

No se puede abandonar Irán sin perderse en cualquiera de los bazares esparcidos por Teherán, Isfahán, Shiraz o Kashan, tomarse una taza de té persa y disfrutar de la rica gastronomía iraní: 'kebabs', 'khoresht' (estofado), 'ash' (sopa), 'bademjan' (berenjena), 'shirini' (dulces)... Hablamos de un país barato para el turista, con tarifas acordes al poder adquisitivo de la población: el salario mínimo es de 400 euros al mes y llegar al mileurismo es todo un privilegio lejos del alcance de la mayoría. Los sueldos en la capital son ligeramente superiores, pero la calidad de vida es inferior en palabras de los propios iraníes. La nube de contaminación, el tráfico y la superpoblación (casi 20 millones) restan atractivo a Teherán.

Mezquita Jame (Yazd).

Pero no empañan la visita al palacio de Golestán, resultado de una fusión entre la arquitectura persa y europea. Su interior está repleto de espejos y diamantes, símbolo de los excesos de la dinastía Kayar (1785-1925). La ciudad más viva del país, centro político y financiero, alberga un bazar muy animado -ideal para comprar azafrán o pistachos iraníes- y una plaza donde los rezos en voz alta se escuchan todos los días.

Antes de viajar, es importante preparar todo el dinero en efectivo porque no se pueden usar tarjetas de crédito ni cajeros automáticos. Los comercios suelen anunciar los precios en tomanes, aunque la moneda oficial es el rial: un euro equivale a unos 47.000 riales iraníes y 4.700 tomanes.

La mejor temporada para viajar es marzo-mayo o finales de septiembre-octubre para esquivar las altas temperaturas del verano y el frío del invierno. Quien se atreva con noviembre podrá disfrutar del placer de estar solo (o casi) frente a unos paisajes increíbles.  

Fuente: El Confidencial

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