2018 marca el hito de años trabajando para situar a Valencia en el mapa turístico internacional. Y la ciudad suma y sigue.

Se acabó el reinado de Barcelona como ciudad cool donde disfrutar del buen tiempo mirando al mar. Valencia lleva tiempo pisando los talones a destinos de primera línea y parece que 2018 es su año.

Y hay mucho que celebrar en los más de 300 días que tenemos por delante: el 20 aniversario del complejo futurista Ciudad de las Artes y las Ciencias, las Fallas, que este año se celebran del 15 al 19 de marzo, o el 125 aniversario del nacimiento de uno de los artistas más importantes de nuestro país, Joan Miró, y a quien el Institut Valencià d'Art Modern le rinde homenaje con una exposición vigente hasta el 17 de junio.

Y MÁS ARTE

El centro artístico más nuevo de la ciudad, Bombas Gens, también muestra su impactante colección de fotografías y obras de creadores contemporáneos en un espacio resurgido, casi, de sus propias cenizas.

El museo Sorolla, el que era uno de los proyectos culturales más destacados de la ciudad, aún espera fecha de apertura, y junto a él, los amantes de la pintura y la luz mediterránea de las obras del destacado pintor valenciano. Por el momento, habrá que seguir esperando.

Pero esto es solo el principio en una ciudad cuyo listado de proyectos de alto perfil no para de aumentar.

Bombas Gens, la fábrica reconvertida en arte   © D.R

No cabe duda de que los ya existentes han ayudado a posicionar Valencia en el mapa turístico internacional y a atraer un público de nivel tan necesario para un desarrollo turístico de calidad, entre ellos destacan el circuito de Fórmula Uno, la Copa América, que trajo consigo el posterior desarrollo de la marina, o el edificio Veles e Vents, que preside, majestuoso, el espíritu mediterráneo de esta nueva Valencia e incluye entre sus entrañas numerosas opciones gastronómicas como La Sucursal, con una estrella Michelin.

Y aquí me encuentro justo ahora, un poco con la sensación de que esta nueva Valencia va a comerse el mundo

Quesos en La Sucursal

“En verano todos los valencianos están aquí, mirando al mar, con una copa de vino en mano”, sentencia Sonia Ponce, mi guía por la ciudad. Y continúa: “La Copa América ha sido fundamental para el desarrollo de esta zona de la ciudad, y es un evento importantísimo del que ni los propios valencianos sabíamos nada, ¡pensábamos que era algo de fútbol!”.

Y es que eventos como este no solo supusieron un cambio radical para la fisionomía de la ciudad y su promoción exterior, sino que también “implicó un cambio en la mentalidad de los valencianos, que nos hizo darnos cuenta de que formamos parte de Europa”, sentencia Ponce.

En los alrededores del Veles e Vents se ha desarrollado un complejo turístico de forma racional por el que turistas y valencianos campan a sus anchas gracias a los más de quince kilómetros de playa de las Arenas.

Es aquí, también, en la Marina de Valencia, donde cada sábado por la mañana tiene lugar un ciclo de conciertos cuya programación, gratuita, es para todo tipo de públicos. El plan, desde luego, no puede ser mejor.

“Es precisamente en esto en lo que está invirtiendo la ciudad, en los ciudadanos, en cultura… y en un carril bici al que los valencianos nos estamos acostumbrando”, confirma Sonia Ponce mientras caminamos bajo una fina lluvia que nos lleva hasta un nuevo sitio de moda de la ciudad, La Fábrica de Hielo.

Ubicada frente a la playa del Cabanyal, me adentro en un espacio creativo independiente donde hay cabida para todo.

Hay exposiciones, un café, un restaurante… y para todos, porque entre su ecléctico mobiliario se dan cita desde familias con niños y abuelos hasta millennials bebiendo chai latte y comentando las obras que cuelgan de las industriales paredes del local.

Cambiando el chai latte por el vermut me alejo ahora de la playa para ir a parar a uno de los barrios de moda de la ciudad, Ruzafa. Este antiguo pueblo anexionado a Valencia del que se ha respetado su estructura original, y hasta su propia iglesia, ha pasado de ser un barrio casi marginal a convertirse en una de las zonas más punteras de la capital del Turia.

Hoy en Ruzafa se mezclan, con gran acierto, locales dedicados al arte, la literatura y, sobre todo, a la buena gastronomía. Sobran las pruebas de que el resurgimiento de este barrio ha sido uno de los cambios más espectaculares que ha experimentado la ciudad en años.

Esto se debe, en gran parte, a sus actuales inquilinos; artistas, bohemios y modernos en general que, cansados del alto precio de otras zonas de Valencia, encontraron en Ruzafa un barrio alternativo donde poder vivir o desarrollar sus carreras. Locales como Dos Estaciones o Fierro son algunas de las últimas incorporaciones al barrio.

El primero de ellos es el nuevo restaurante del chef Iago Castrillón. Alma gallega y esencia mediterránea en un local sencillo, pequeño y coqueto donde también se percibe la impronta de Alberto Alonso.

Tanto Castrillón como Alonso fueron en su día pupilos aventajados del gran chef valenciano Ricard Camarena, uno de los artífices del resurgimiento culinario del barrio. Y de lo más novedoso… a lo más de barrio con El Rus (c/Sueca, 35) a la cabeza, la bocatería más mítica de Ruzafa y prácticamente de toda la ciudad.

Y a pesar de que sus bocadillos inimitables, nadie debería renunciar a probar también su deliciosa tarta de chocolate de postre. “Aquí se come muy bien, pero para vivir este barrio ya se ha puesto muy caro”, me va desvelando mi guía a medida que transitamos las calles de este barrio que sí que es cierto que rezuma cierto aire de pueblo. Bien por ellos que han sabido conservar esta esencia –pienso yo-, algo nada fácil en plena globalización. Y es aquí también donde percibo cierto aroma de pólvora transitando por unas calles en plena cuenta atrás para lo que está por llegar, las Fallas.

Benditos postres los de Dos Estaciones en Ruzafa

Declaradas Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2017, las fallas son las celebraciones valencianas en honor a San José. Su origen se remonta al siglo XVIII, cuando el gremio de los carpinteros, cuyo patrón es San José, sacaba por estas fechas sus trastos viejos a la calle y, apoyados en la pared, los quemaban.

No busquemos misticismos en este tema, “los quemaban porque eran cosas que ya no servían”, me cuenta Ponce, “de ahí que mucha gente piense que las Fallas son una limpieza de primavera”.

Mucho ha llovido desde entonces, ya que aquellas figuras de madera y paja envueltas en una tela vieja han dado lugar con el paso de los años, y de los siglos, a figuras centrales de entre 15 y 18 metros de altura que se transforman en escenas que siempre tienen una historia que contar, generalmente relacionada con la actualidad, y lo hacen en valenciano y en verso.

Hay aproximadamente 350 monumentos, 350 comisiones falleras creadas por asociaciones de vecinos agrupadas no por barrios sino por calles, por eso hay tantas en toda la ciudad. El pistoletazo de salida oficial es el 16 de marzo por la mañana, cuando Valencia saca sus fallas a la calle y al mundo.

A mi fundamental pregunta de cuánto cuesta un monumento fallero, Ponce me explica que es tal el control y la importancia que también su valor debe estar dividido en secciones, todo bajo control. “No se puede comparar un monumento que ha costado 4.000 euros que uno que ha costado 100.000, por eso hay 11 secciones y de ellos, los monumentos más importantes y mediáticos suelen ser de sección especial y su coste puede superar los 300.000 euros, aunque el tope es de 600.000”.

Pero hay más: “dentro de los días de fallas lo más espectacular son las dos tardes de la ofrenda de flores a la virgen, la patrona de Valencia, la Virgen de los Desamparados. Desde las 3 de la tarde hasta la 1 de la mañana los valencianos portan flores a la virgen hasta que se le hace el traje de flores y la plaza queda convertida en un jardín”.

Y así, entre monumentos, petardos, flores y vírgenes llega el 19 de marzo por la noche, momento en el que se queman las fallas en la llamada la cremà, que comienza a las 12 de la noche y Valencia se transforma en una fiesta de fuego, petardos y buenos deseos que desprende un aroma cada vez más internacional.

Como cada vez más internacional es también su gastronomía. Valencia apunta alto y dispara sin miramientos hacia una tendencia que es cada vez más una realidad, el hecho de que cada vez más gente viaja para comer, y para comer muy bien.

Por eso la ciudad está poniendo en marcha iniciativas como el Valencia Culinary Meeting, un festival gastronómico independiente que acaba de celebrar este año su segunda edición. Aquí, 9 chefs valencianos invitan a otros 9 cocineros para cocinar a cuatro manos y montar un calendario foodie que permita a la ciudad, y al resto del mundo, acudir a cualquiera de los eventos (comidas y cenas) que se suceden en la ciudad durante los días que dura el festival. A juzgar por un repetitivo “lo siento, estamos completos”, parece que la cosa funciona.

GUÍA PRÁCTICA

Dónde dormir:

Westin Valencia: si a mí me dicen que aquí se alojó George Clooney mientras rodaba Tomorrowland, que sus habitaciones son amplias y sus camas mullidas, y que además el edificio que lo acoge era una antigua fábrica de lanas, me sobran los motivos para alojarme aquí.

De estilo clásico, cuenta además con un gran spa y una estupenda piscina, aunque para mí –Clooney aparte- lo mejor son los jardines interiores del hotel, perfectos para disfrutar del aperitivo en mitad de un ambiente mediterráneo.

Jardines interiores del Hotel Westin Valencia

Un desayuno con vistas:

La Más Bonita, en la playa de La Patacona. Aquí, en mitad de un ambiente azul y blanco que recuerda notablemente a Formentera, se pueden desayunar batidos de todos los colores y propiedades, cafés, tés, irresistible bollería y una retahíla de formas de cocinar huevos a cada cual más rica. Si hay algún perezoso en la sala a quien le cueste llegar hasta aquí, que separa que tienen otro local en Ruzafa, eso sí, sin vistas al mar.

Una cena con estrella:

El Poblet (1*): en este restaurante ubicado en el corazón de Valencia Luis Valls desarrolla una cocina de mercado innovadora y comprometida, fiel a la filosofía de su casa madre, el 3 estrellas Michelin en Dénia del cocinero Quique Dacosta.

Aquí se prodiga una cocina que mira hacia el territorio y entorno patrio y que mira más a la huerta que al laboratorio. El producto es el alma de este restaurante donde hay que probar platos como la Sopa de tomates verdes emulsionados con hierbas frescas y gamba pato o las Gambas rojas de Dénia hervidas en agua de mar y frías 

Un souvenir con encanto:

Abanicos Carbonell: si pones un abanico en tu vida, que sea comprado aquí, donde llevan desde 1810 realizando abanicos de forma artesanal. Ahora dirigidos por la cuarta generación de Guillermo Carbonell, esta pequeña tienda, un clásico de barrio, ofrece abanicos para todos los gustos y de todos los precios. Y siempre está abarrotada.

Fuente: Condé Nast Traveler

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