Tan vieja como Occidente, la cultura del vino tiene múltiples facetas y el otoño es buen momento para conocerlas. No solo bodegas, viñas y catas, sino también historia y patrimonio en torno a ellas configuran experiencias enoturísticas para todos los públicos.

Por Paloma Balbín Chamorro

Es tiempo de vendimia, temporada perfecta para pasear entre viñedos, disfrutar de paisajes multicolores o aprender cómo se procesa la uva. Aunque las enormes cifras a veces publicadas en relación con el número de enoturistas o el dinero que generan no son del todo realistas, sin duda “el enoturismo está en consonancia con otras tendencias, como la búsqueda de lo auténtico o el deseo de salir de las ciudades”, apunta Luis Lechuga, fundador de la agencia de viajes Turismo de Vino. Marqués de Riscal, Vivanco o Abadía Retuerta son ejemplos de empresas capaces de atraer la atención del público, pero bodegas menos conocidas también agudizan el ingenio con el fin de ofrecer planes que permitan acercarse a una región, sus gentes y patrimonio a través de los vinos. Aquí les ofrecemos algunas propuestas.

RIBERA DEL DUERO

En bicicleta por los viñedos

No es casualidad que en la localidad burgalesa de Baños de Valdearados apareciera un mosaico romano con la representación de Baco, el dios del vino: la vocación vinícola del territorio integrado en la Ruta del Vino Ribera del Duero es casi tan antigua como la historia de sus pueblos. La comarca se extiende a lo largo de 115 kilómetros de enorme riqueza cultural, natural y gastronómica, y las combinaciones para disfrutar de todo ello son infinitas. Si la visita a una bodega se complementa con excursiones a parques arqueológicos o a castillos, el plan es adecuado para todos. “Estamos apostando por el turismo familiar y animamos a las empresas a perfilar actividades que incluyan a los niños; algunas efectúan obras de teatro mientras los padres hacen una cata, otras ofrecen mosto a los menores…”, ilustra Virginia Villanueva, gerente-técnico de Turismo en la ruta. Pasear en bicicleta por los viñedos de Peñafiel (Valladolid) o caminar hasta las buitreras de las Hoces del Río Riaza (Segovia) son posibles ideas para un día redondo.

RIOJA

Ruta de los monasterios

En la Edad Media, debido a su papel en la eucaristía, cada monasterio poseía su propio viñedo. Los frailes agustinos de San Millán de la Cogolla ya no se dedican al cultivo de la vid, pero el potencial turístico de sus dos conventos, el de Suso y el de Yuso, ha sido bien aprovechado por viticultores de la zona. “Cuando la Unesco los declaró Patrimonio de la Humanidad empezamos a notar mayor afluencia de gente; aunque nuestra puerta siempre ha estado abierta, fue entonces cuando comenzamos a embellecer el establecimiento y a efectuar inversiones que lo hicieran más atractivo para los turistas”, señala Gemma Moreno, de Bodegas David Moreno, situadas en Badarán (La Rioja) e integradas en el consorcio Ruta del Vino Rioja Alta.

La empresa recibió en 2016 el Premio a la Mejor Bodega Abierta al Turismo por la Asociación Española de Ciudades del Vino, así que su esfuerzo está mereciendo la pena. “Lo más importante es la calidad del producto”, admite Moreno; no obstante, “al menos el 25% de las ventas se hacen aquí mismo” y es fundamental que los visitantes quieran repetir. Una vinkana (yincana alrededor del vino) en familia o una ruta por los guardaviñas –chozos de piedra típicos de la región– son propuestas diseñadas para conseguirlo. Por otro lado, además de comer en el restaurante o en el guardaviñas, los clientes pueden comprar una barrica y tomarla con su familia o amigos en salas especiales para ellos: “Se traen sus almuerzos y se sienten en casa”, resalta Moreno. Badarán se encuentra cerca de otros destinos imprescindibles como Santo Domingo de la Calzada, la abadía de Cañas o el monasterio de Valvanera. La Rioja, la tierra con nombre de vino, tampoco se termina nunca de descubrir.

RUEDA

Vino y ornitología

Varias bodegas integradas en la Ruta del Vino de Rueda –las de Mocén o las del grupo Yllera, por ejemplo– ya albergaban barricas hace cinco siglos. Algo más reciente, la que Menade posee en La Seca (Valladolid), datada en 1820, llama la atención de los visitantes, “sobre todo de los extranjeros”, anota Patricia Regidor, responsable de Comunicación y Enoturismo de la bodega. Desde el primer momento, Menade apostó por dar a conocer sus vinos ecológicos a través de actividades turísticas, si bien algunos de los elementos atractivos para el público “forman parte de la filosofía de la empresa”, subraya Regidor: la función de su hotel de insectos es combatir las plagas sin necesidad de recurrir a tratamientos químicos, y en la granja –popular sobre todo entre los más pequeños– viven dos burros de raza zamorana, en peligro de extinción.

Fieles a la filosofía de aglutinar esfuerzos para promocionar el territorio, Menade ha diseñado propuestas conjuntas con la fábrica de chocolate Juan Ruiz, con Buteo Iniciativas Medioambientales –que organiza excursiones ornitológicas por el alcornocal de Valdegalindo– y con el zoológico La Era de las Aves, en Fresno el Viejo. “El enoturismo es una apuesta a largo plazo, pero con él conseguimos que quienes se acercan a visitarnos conozcan de primera mano nuestra forma de trabajo, el entorno y a las personas implicadas; todo eso regresa a la memoria del consumidor cuando bebe de nuevo nuestro vino”, concluye Regidor.

Al proporcionar experiencias vinculadas a múltiples aspectos de una región, el enoturismo puede crear “clientes de futuro” y, en consecuencia, “su promoción debería interesar muchísimo”, concuerda Luis Lechuga. Somos un país receptor de visitantes y exportador de producto agroalimentario; sin embargo, “no siempre con demasiado valor añadido en comparación con destinos del entorno. Al mismo tiempo, en las grandes guías como Lonely Planet apenas hay información sobre enoturismo en nuestro territorio, cosa que sí sucede en las ediciones de Francia o Italia”, añade. España cuenta con un total de 70 Denominaciones de Origen del vino; dar a conocer el país a través de lo que cada una de ellas representa puede configurar el producto perfecto para diversificar y complementar segmentos turísticos ya consolidados.

ENOTURISMO, UNA EXPERIENCIA POLIÉDRICA

En palabras de Taleb Rifai, secretario General de la OMT entre 2010 y 2017, “el turismo enológico está íntimamente relacionado con la identidad de los destinos e integra valores culturales, económicos e históricos. Además, constituye un motor fundamental de las estrategias de diversificación”, ayuda a los destinos a enriquecer la oferta turística y atrae a diferentes públicos. Sin duda, el enoturismo proporciona experiencias transversales y cada uno puede quedarse con la que más le guste; estos son solo algunos de los ejes en torno a los que gira: Vides cultivadas en bancales en la Ribeira Sacra gallega.

Paisaje. La Ribeira Sacra (Lugo y Ourense), con sus vides en bancales casi verticales; El Priorat (Tarragona), de horizontes escarpados y escenarios medievales; Lanzarote, donde los viñedos sobre suelos volcánicos nos transportan a la Luna… El cultivo de la vid a lo largo del la historia muestra la capacidad de adaptación del ser humano y, al mismo tiempo, la manera en la que el medio modela la forma de entender el mundo de quien lo habita.

Arquitectura. En los últimos años son muchas las bodegas que han apostado por convertir sus instalaciones en el mejor reclamo para sus vinos: las de López de Heredia Viña Tondonia diseñadas por Zaha Hadid en Haro (La Rioja); las de Portia, obra de Norman Foster en Gumiel de Izán (Burgos), o el hotel de Marqués de Riscal, proyecto de Frank Gehry en Elciego (Álava) son buen ejemplo de ello.

Gastronomía. Pulpo a la gallega y albariño, queso manchego y valdepeñas, gamba de Huelva y manzanilla son alianzas perfectas. Las posibilidades de descubrir la gastronomía de una región a través de sus vinos –o viceversa– son ilimitadas y las hay para todos los bolsillos: desde restaurantes con estrella Michelin hasta tascas y tabernas recónditas que sorprenden al visitante.

Fuente: Revistasavia.com

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