Toda región, y sus diferentes comunidades, han tenido vocaciones económicas originarias las cuales generalmente han devenido de las bondades de la naturaleza o de la inserción de estas en las épocas ancestrales o coloniales; así, la mayoría de los territorios costeños venezolanos han vivido de la pesca en sus diferentes manifestaciones, del café y cacao, y de la explotación de cocales con diferentes fines.

Las regiones andinas han sido tradicionalmente agrícolas, y en menor escala han desarrollado la actividad ganadera, vacuna, porcina y caprina, así como la piscícola; los llanos venezolanos han estado dedicados por siglos a la agricultura y ganadería; y las regiones del sur del Orinoco, en especial la Gran Sabana y la Selva Amazónica, donde habitan la mayor cantidad de etnias aborígenes sobrevivientes, han vivido de la caza, la pesca, el conuco, y en menor grado la minería de oro y diamantes. Algunas otras regiones incluyeron en sus vocaciones la actividad forestal, depredando en el tiempo selvas y bosques que en su mayoría sostenían importantes cuencas hidrológicas hoy desaparecidas.

El turismo es una vocación sobrevenida en todas las regiones de nuestro país, fue poco a poco adoptada por algunas comunidades cuando empezó la masificación de visitantes hacia ellas, buscando recreación en playas y montañas, apoyada por aisladas inversiones realizadas por los gobiernos de turno y por algunos inversionistas privados. La actividad petrolera se convirtió en la vocación de varias regiones y comunidades del país luego del descubrimiento de los yacimientos petroleros y de las concesiones hechas por el gobierno, las cuales comenzaron a generar inversión y empleos directos e indirectos.

El tema de las vocaciones sobrevenidas es complejo, sobre todo visto a través del cristal del llamado “desarrollo sostenible” concepto que nos ha llevado a reflexionar más allá de lo económico, sobre temas ambientales y culturales que habían venido siendo ignorados a través de los siglos, y que se agravaron en el siglo XX y en lo corrido del siglo XXI, por lo despiadada explotación de los recursos naturales renovables y no renovables, la cual ha causado, no solo una hecatombe ambiental, sino que ha venido alejando a las comunidades de sus vocaciones originarias.

Así como el petróleo ha sido para Venezuela una terrible paradoja de desarrollo y atraso, causada por los continuos errores gerenciales de los gobiernos de turno, que no supieron “sembrar el petróleo”, dedicándose sólo a extraerlo y venderlo, hoy la irracional explotación minera que se desarrolla en los estados Bolívar y Amazonas, está lanzando una señal de SOS al mundo sobre un tema crucial para Venezuela y para la humanidad, la Sostenibilidad de una región que contiene elementos en extremo delicados como lo son: Recursos y Monumentos Naturales únicos o escasos en el mundo (Salto Ángel , Auyantepuy, Cerro Autana, Roraima, Chimantá, Kukenan, entre otros muchos); importantes redes fluviales tales como la cuenca del Orinoco y las subcuencas hidrográficas de los ríos Caroní, Yuruaní, Antabare, Aponwao, Carrao, Karuay, Kukenán, Ikabarú, Jaspe, Suruku y Urimán, entre otros; Bosques y Selvas tropicales que son parte del mayor pulmón vegetal del globo terráqueo: la Amazonia, en cuya parte venezolana habitan miles de especies animales y vegetales; y, como si fuera poco, esta región es el hábitat de la mayoría de las etnias aborígenes venezolanas, principalmente los Pemones (Arekunas, Taurepanes y Kamarakotos), cuya cultura ha sido severamente afectada por la explotación irracional de la minería.

El turismo, como vocación sobrevenida, también conlleva riesgos para la sostenibilidad, pero jamás en la escala de la explotación minera industrial que contamina ríos y tierras, que genera delincuencia e inseguridad y que al final, no deja desarrollo ni para la región y sus comunidades subyacentes, ni para para el país en general. En un mundo profundamente impactado por el llamado “cambio climático”, proyectos como el que actualmente se desarrolla en el sur de Venezuela deben ser abortados en beneficio de la protección de la madre naturaleza, y del futuro, que pertenece a las nuevas generaciones de venezolanos.

Willian J. Bracho, MSc.

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