El miércoles 15 de agosto de 1498, viajando Cristóbal Colón en una nave cuyo nombre no recogió la historia, acompañado de dos carabelas, El Correo y Vequeños, en su tercer viaje, en el escenario de bíblica realidad, surgieron del azul del mar unos altos cerros color verde esmeralda; una isla a la cual el Almirante de la Mar Océano llamó La Margarita. Ese mismo día divisó otra cerca que nombró el Martinet; confirmado por Fray Bartolomé de Las Casas en la recopilación del Diario de Colón. Rafael María Baralt identifica el islote Martinet con isla Blanca o Blanquilla.

Dice Marco Aurelio Vila que La Blanquilla, al igual que otras islas, fue codiciada por los extranjeros; de aquí que en 1784 se ordenará a los “…guardacostas desalojar de Los Roques, de La Tortuga, Isla Blanca y Orchila a todo extranjero que habite barracas…”

Por vez primera se menciona en un mapa a Los Hermanos con este nombre y con el de Siete Días. Solamente cartógrafos y geógrafos han recordado estas estériles y pequeñas islas olvidadas por los historiadores y los hombres, donde todo lo que se abarca con la vista en ellas es soledad. No se mira huella humana sobre sus tierras ni en sus orillas. Ni una embarcación ni un caserío ni el hermoso cuadro de una labranza. Tan solo en La Blanquilla, un puñado de árboles de sombra se alza como una verruga verdosa en el liso color de tierra de la isla. Como dice Juan de Castellanos: “Sus faltas enmendó naturaleza con una prosperísima riqueza”. No la de las perlas como a Cubagua, sino con una menos transitoria, el azul de su cielo, el verde esmeralda de sus aguas tibias como un lecho, sus arena blancas como la nieve de los páramos y su variada riqueza pesquera que rodea sus mares”.

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