Partiendo de los primeros días de setiembre a la última semana de abril, a todo lo largo de esa octava anual que discurre bajo el signo áspero de la “erre”, surgen las langostas en el mercado. Reaparecen procedentes de diferentes zonas marítimas del país. Llegan de los ricos viveros que tienen en todas esas aguas nacionales. Vienen de innumerables escondrijos y cuevas que les pertenecen milenariamente que se distribuyen por los acantilados de Tierra Firme y del reguero de islas e islotes venezolanos aventado desde Los Monjes hasta Los Testigos.

Terminada la época del desove, de mayo a agosto, vuelven para tentar el apetito de los gastrónomos. Un veto fundamentado en la tradición y en la experiencia impide su consumo durante esos cuatro meses, y regresan espléndidas en pulpas, saturadas de yodo, impregnadas de excitantes aromas submarinas. En Caracas y ciudades cercanas a la ribera, se las disputan los buenos gustadores para sus mesas. En hoteles y restaurantes de lujo se presentan en los “menús” luciendo atuendos franceses.

A medida que han ingresado al país europeos y norteamericanos y se fue aquilatando el paladar, cobró demanda la langosta. Al igual que otros crustáceos y ciertos mariscos y moluscos se la consume ahora en tremenda cantidad. Es así tanto porque ha aumentado la población gastronómica como porque la gente cada día está más convencida de algunas inapreciables cualidades que tradicionalmente se le atribuyen.

Antaño alcanzaban limitada solicitud las langostas, aún en las mismas localidades costeras. Las cargaban en cuenta muchas indigestiones y súbitas dolencias estomacales, pese a no haber sido ingeridas en el plazo prohibitorio, y eso las hacía ver con más respeto. Hay que recordar que el sustancioso crustáceo no solo lo ha de ser gustado en esos días fatídicos, sino que debe comerse sino cocido, vivo, perfectamente fresco y saltando...

En la Colonia tuvieron las langostas exigua demanda. Después, a medida que Nuestra Señora la República fue modificando ciertos aspectos de la remota mentalidad vernácula, los criollos se decidieron a engullirlas. En las playas orientales, cuando los pescadores atrapan una langosta la asan en el mismo caparazón, puesta sobre brasas. La abren y la untan limón y sal. En esa ingenua forma primitiva es inefable. Pero como resulta sencillamente deliciosa es preparada en leche. Para esto, después de haberlo hervido viva, se la secciona en pedazos. Entonces se la hace cocer en escasa porción de líquido citado, que se sigue añadiendo parcamente a medida que el hervor lo reduce. Mientras se desenvuelve este proceso se le agregan una cebolla grande, blanca, limpiamente picada; algunos dientes de ajo morados; y dos o tres tomates cortados en pequeños fragmentos. Se le suman un puntico de ají y una pincelada de “onoto”. Apuntaba alguien que el “mejor bocado de la langosta está en las muelas”. Otro rectificó que “lo mejor de las muelas está en la langosta”…

(Ramón David León. Geografía Gastronómica Venezolana)

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